Ed Kemper

 “Te podría arrancar la cabeza y ponerla sobre la mesa para que el guardia la viera al entrar”.

Ed Kemper a Robert Ressler, ex agente del FBI

Edmund Emil Kemper III nació el 18 de diciembre de 1948 en Burbank, California (Estados Unidos), hijo de Clarnell y Edmund Emil Kemper Jr., quienes unos años más tarde se divorciaron. Su padre era electricista. Su madre sumaría tres matrimonios a lo largo de su vida. La pareja tenía ya una hija de seis años, Susana. En 1951, la familia se completó con el nacimiento de una segunda hija, Allyn. Los padres de Kemper eran fornidos: ella medía más de 1.80 y su marido dos metros. Tenían voces sonoras, sobre todo cuando discutían, y discutían con mucha frecuencia. Clarnell Kemper se sentía decepcionada porque su marido no tenía estudios y creía que no ganaba bastante dinero. Pensaba que era demasiado duro con las niñas y poco exigente con el pequeño Ed. Finalmente, la pareja se separó.

Ed Kemper en su adolescencia 

Una de sus fantasías infantiles era la de poder convertir en muñecos a las personas; al crecer, puso todo el empeño en hacer de su sueño una realidad. Kemper unía el sexo y la muerte desde niño. Cuando le confesó a su hermana menor, Susan que estaba enamorado por su profesora de la escuela primaria, ella le preguntó bromeando por qué no la besaba y se quedó atónita al escuchar su respuesta: “No puedo. Tendría que matarla primero”. Según contó años después, una noche llegó al extremo de tomar una bayoneta propiedad de su padrastro, parándose frente a la casa de su maestra, “imaginando que la mataba y me la llevaba para hacer el amor con ella”.
La infancia de Ed Kemper (a quien su madre apodaba “Guy”) fue de muchos sinsabores. Padeció el constante desprecio y el abuso emocional de su madre. Clarnell Kemper se había vuelto alcohólica y pensaba que su hijo Ed era un blando. El hijo de un pariente había resultado homosexual y ella decidió que su chico necesitaba endurecerse. También temía que fuera a molestar sexualmente a sus dos hermanas
A los doce años mató a su propia gata siamesa, porque el animal prefería la compañía de su hermana. En una ocasión en que la mascota no le hizo caso, Kemper se enfureció. Hirviendo de cólera se abalanzó sobre la gata, le rebanó el cráneo con un machete y luego la apuñaló. Enterró parte del cuerpo en el jardín y ocultó el resto en el armario de su cuarto.
En el otoño de 1963, se fue a vivir con su padre, que se había casado de nuevo con una ahijada que tenía la misma edad que Kemper. El chico entró en una escuela de Los Ángeles, pero no encajó. Todos sus compañeros de clase lo evitaban y su jovencísima madrastra le temía. Una semana después lo mandaron de nuevo a Montana. Mientras tanto, su madre había descubierto los restos del gato en el interior del armario, aunque él negó saber nada de la cuestión. Siendo un niño aprendió a tirar en un campamento de verano y a los trece años mató a tiros al perrito de uno de sus compañeros de clase, incidente que le hizo aún más impopular. Todos sus compañeros le rehuían, al tiempo que se burlaban de él por sus rasgos y su estatura, que con el tiempo alcanzaría los 2.05 metros. Kemper los evitaba, ya que sentía un pavor insoportable ante la violencia física.

Kemper terminó viviendo con sus abuelos en una casa de campo al pie de las montañas de Sierra Nevada, en California. Su abuela era más estricta y le imponía aún más castigos que su propio padre. Le molestaba el modo de mirar de su nieto y siempre estaba amenazándole con llamar al padre para contárselo. También se quejaba con frecuencia de lo caro que le resultaba alimentarlo y alojarlo. Aquel muchacho, encerrado en una granja aislada en compañía de unos parientes a los que aborrecía, llegó a abrigar extraños pensamientos. Según su familia, Kemper no era un chico normal.

La abuela de Kemper manipulaba a su marido y el chico lo consideraba un tipo gris, insignificante y senil, aunque abuelo y nieto se llevaban bastante bien. El 27 de agosto de 1964, a última hora de una calurosa mañana de verano, Ed Kemper y su abuela estaban sentados a la mesa de la cocina. Ella trabajaba corrigiendo unos libros para niños que había escrito; su marido había ido a comprar. Súbitamente, Kemper se levantó y sacó su rifle del calibre veintidós, regalo de su abuelo, del armero situado junto a la puerta de la cocina, y comentó que saldría a matar unos pocos conejos. Su abuela, sin levantar la vista de la labor, le advirtió que no disparara a los pájaros. Kemper se detuvo en el porche. De repente, preso de una cólera irresistible, se dio media vuelta, apuntó a la cabeza de su abuela desde la ventana de la cocina y disparó. Según explicó luego, era como si hubiera perdido el control de su cuerpo. Su mente se mantenía alerta pero indiferente de modo que, aunque percibía cada detalle, se sentía incapaz de detenerse. La señora Kemper cayó hacia adelante. Kemper le disparó en la espalda dos veces más y luego, echando mano a un cuchillo, la apuñaló una y otra vez hasta que desahogó toda su rabia. Después le enrolló una toalla en la cabeza para enjugar la sangre y arrastró el cuerpo hasta el dormitorio de los ancianos.
Entonces oyó detenerse en el exterior el viejo coche de su abuelo. Ya no podía volverse atrás. Volvió a tomar el rifle y, mientras el anciano sacaba del asiento delantero una caja de víveres, lo mató de un solo disparo en la cabeza. Encerró el cadáver en el garaje y trató de limpiar con una manguera la sangre que empapaba la tierra del patio, pero fue en vano. No había posibilidad de ocultarla. Nervioso, telefoneó a su madre y le dijo: “La abuela ha muerto. El abuelo también”. Al principio trató de achacarlo a un accidente. Su madre, sospechando inmediatamente que Kemper tenía algo que ver con aquellas muertes, se sintió sobresaltada, aunque no sorprendida. Ya le había advertido a su ex marido que podría ocurrir algo parecido. Ordenó a su hijo que llamara al sheriff de la localidad, quien se dirigió a la granja y lo arrestó. El muchacho confesó libremente ambos crímenes, pero cuando le interrogaron sobre los motivos sólo pudo decir: “Me preguntaba lo que sentiría al matar a mi abuela”. Insistió en que había asesinado a su abuelo solamente para ahorrarle la visión del cuerpo de su esposa.

Un tribunal psiquiátrico interrogó al chico en el Juvenile Hall y lo diagnosticó como un esquizofrénico paranoide. Aunque no todos estuvieron de acuerdo con el diagnóstico, el California Youth Authorit decidió enviarle al Hospital del Estado, en la ciudad de Atascadero, especializado en agresores sexuales y en criminales dementes. Ed Kemper ingresó en la institución el 16 de diciembre de 1964.
Atascadero iba a ser el hogar de Ed Kemper durante los cinco años siguientes, cinco años en los que adquirió una gran experiencia. Rápidamente se convirtió en un recluso de confianza y a las órdenes del Director de Investigaciones, el doctor Frank Vanasek, empezó a hacer los test psicológicos de otros presos. Estaba orgulloso de su trabajo y lo cumplía bien. Al mismo tiempo, adquirió el dominio de los conceptos y terminología psicológicos, llegó a adivinar lo que los doctores querían que dijera. Y lo dijo.

Mientras Kemper estaba en Atascadero, su madre se había casado y divorciado por tercera vez. Después de la ruptura regresó a California, a la ciudad costera de Santa Cruz, donde consiguió trabajo en el campus de la Universidad de California y una vivienda en una ciudad cercana. A Kemper le resultó más difícil que nunca adaptarse al mundo exterior. Había crecido hasta convertirse en un verdadero gigante de más de dos metros de estatura y, aunque superaba los 125 kilos, los tenía bien distribuidos en su enorme esqueleto y se movía ágilmente. Kemper se mostró indiferente a la revolución social de los años sesenta. Los hippies, a los que consideraba de clase baja, le disgustaban. Llevaba corto el cabello y lucía un pequeño bigote cuidado, se vestía convencionalmente y miraba al mundo a través de un par de gafas con montura metálica. Tampoco encajó en su casa. Desde que llegó comenzaron las discusiones: “Nunca he peleado verbalmente de un modo tan cruel”, comentaría años después. “Si hubiera sido otro hombre, me habría liado a puñetazos, pero era mi madre”. Así que se refugiaba en los bares de la vecindad, especialmente en el Jury Room o “Cuarto del Jurado” (situado exactamente frente al juzgado local), centro de reunión de policías fuera de servicio. Allí se encontraba con camaradas conservadores, de sus mismos criterios, que le conocían como “Ed el Gigante” y no escudriñaban en su pasado.


Entre 1970 y 1971, Kemper empleó gran parte del tiempo libre en recorrer las autopistas y carreteras de California. El atractivo de las playas, aguas tibias, elegantes edificios del siglo XIX y los maravillosos alrededores campestres eran igual de tentadores para los viajeros de San Francisco que para los hippies, y la ciudad creció rápidamente, aunque el cambio no la mejoró. Como consecuencia de la gran afluencia de jóvenes, la Universidad de Santa Cruz se convirtió en una zona especialmente atractiva para los traficantes de droga. Además, en aquellos años se instalaron allí gran número de grupos de satanistas procedentes de San Francisco. Desde su salida de Atascadero, Kemper se sentía fascinado por el gran número de chicas autoestopistas y ahora se creía en la obligación de parar el coche y recogerlas. Acostumbraba a charlar con ellas, hasta que se ganaba su confianza. Era consciente de que su tamaño y su aspecto alejaba a muchas de ellas del coche, de modo que trataba de mostrarse inofensivo y amable. Entretanto, continuaba imaginando asesinatos, al tiempo que proyectaba sosegadamente una campaña detallada contra el mundo. Convenció a su madre para que le consiguiera un pase de la Universidad de California que le daba acceso a todos los campus del estado y en la primavera de 1972 estaba preparado para dar el primer golpe.

El 7 de mayo, domingo, Ed Kemper recorría las carreteras de San Francisco que desembocaban en las autopistas en busca de la chica apropiada. Se había vestido adecuadamente para la ocasión: una camisa de cuadros marrón claro, pantalones vaqueros de color negro y chaqueta de ante. Mary Ann Pesce y Anita Luchessa tenían dieciocho años de edad; eran compañeras de cuarto y estudiantes de primer curso en el Fresno College State. Iban a la Universidad de Stanford, a una hora en auto, para visitar a una amiga. A las cuatro de la tarde se abrió la puerta del Ford Galaxy amarillo y negro, y las jóvenes subieron al asiento trasero. Aprovechándose de sus bien ensayadas actitudes, Kemper se dio cuenta de que ninguna de ellas conocía la zona. En vez de dirigirse hacia Stanford, cambió de dirección y tomó hacia el este por una carretera comarcal. Cuando súbitamente se desvió hacia un camino secundario, las muchachas comprendieron que estaban en problemas y una de ellas le preguntó: “¿Qué es lo que quiere?”. En respuesta, Ed Kemper sacó de debajo del asiento una pistola Browning, de nueve milímetros, que le había prestado uno de sus compañeros de trabajo, la alzó para que pudieran verla y contestó: “Ya saben lo que quiero”.
Mientras Anita permanecía acobardada en el asiento trasero, Mary Ann intentaba razonar con el conductor, manteniéndose serena y comprensiva, tratando de que él la considerase como una persona y no como una víctima. Kemper sintió cierta simpatía por la chica, pero, con la experiencia adquirida durante su estancia en Atascadero, comprendió lo que estaba haciendo ella y venció la tentación de abandonar su plan. “Me impresionaron su personalidad y su físico; tenía un no sé qué de reverente”, declararía Kemper. Por fin, aparcó en un lugar solitario. Dijo a las chicas que iba a encerrar a una en la cajuela del coche y a la otra en el asiento trasero, y que volvería con ambas a su departamento. Ató a Mary Ann al cinturón de seguridad y metió a la dócil Anita en el maletero sin que la joven opusiera resistencia. No tenía intención de llevarlas a ningún sitio. Volvió al coche y le ató a Mary Ann las manos a la espalda. Al hacerlo le rozó los pechos con el dorso de la mano; Kemper se sintió turbado y, temiendo que la chica lo considerase un abusivo, le pidió disculpas, avergonzado.

Luego, Kemper le cubrió la cabeza con una bolsa de plástico e intento estrangularla con el cinturón de una bata que llevaba preparado con tal objeto. Mary Ann luchó por su vida. Agujereó la bolsa de un mordisco y moviendo la cabeza logró quitarse el cinturón del cuello y llevarlo hasta la boca. Kemper, frustrado, cogió una navaja y la apuñaló un par de veces en la espalda. La víctima gimió. Kemper escuchó unas voces cercanas y le ordenó que se callara, pero ella no hizo caso, siguió quejándose mientras la apuñalaba de nuevo. Se debatió, retorciéndose en el asiento hasta sacarse la bolsa y entonces Kemper le volvió a clavar la navaja. “Le pasé la hoja de la navaja buscando el lugar aproximado del corazón y le atravesé la espalda. Luego ella se giró completamente para ver, o para proteger su espalda, y yo le clavé la navaja en el estómago. Se volvió sobre el vientre y yo seguí asestándole navajazos. Sentí que aquello no conducía a nada, por eso la cogí de la barbilla, le empujé la cabeza hacia atrás y le hice un corte en la garganta. Perdió el conocimiento inmediatamente”. Finalmente, todo quedó en silencio.

El asesino se dirigió a la cajuela. Imaginaba que la otra chica habría oído la pelea y sabía que debía matarla rápidamente. Al abrir, se vio las manos cubiertas de sangre. Explicó que le había roto la nariz a Mary Ann porque le había insultado y necesitaba ayuda. Cuando Anita salía del maletero, Kemper le clavó la navaja más grande que llevaba, pero no consiguió atravesar las gruesas ropas de la joven. Anita chillaba y se defendía mientras él la hería frenéticamente una y otra vez en la garganta, en los antebrazos y, finalmente, apuñalándole los ojos. Era tal su frenesí que llegó incluso a herirse sus propias manos. Por fin la resistencia de la joven terminó y cayó otra vez en la cajuela. Kemper le sacó la navaja y cerró la cajuela. Se detuvo solamente para echar el cuerpo de Mary Ann al suelo del coche, lo cubrió con un abrigo y arrancó.
Aproximadamente a las 18:00 horas, Kemper se cruzó con una pareja que contemplaba una casa en venta y comprendió que eran los dueños de las voces que oyó anteriormente. Estaba seguro de que tenían que haber escuchado los gritos, de manera que siguió su camino adoptando la expresión más indiferente de que fue capaz. Todavía condujo un rato antes de volver al apartamento de Alameda. Su compañero de piso había salido. Kemper envolvió los cuerpos en una manta, los metió en la casa, los desnudó y comenzó a trocearlos después de decapitarlos. Mientras trabajaba, hacía fotografías con una máquina Polaroid. Tuvo contacto sexual con varios de los trozos de los cadáveres. Investigó los bolsos de las víctimas guardándose el escaso dinero que llevaban, ocho dólares y veintiocho centavos, y hurgando en sus papeles personales cogió los datos de los carnets de identidad y luego se deshizo de todo. Cuando terminó, volvió a meter los cadáveres en el coche y los enterró en un paraje agreste al otro lado de Santa Cruz. “Después fui a visitarla (a Mary Ann) varias veces (a su tumba). Para estar cerca de ella, porque la amaba y la necesitaba”.

Ed Kemper cometió todos sus asesinatos en su estado natal, California. Como muchos estadounidenses, era un apasionado de los automóviles; esto, unido a su trabajo en el Departamento de Autopistas de California, le dio un profundo conocimiento de la complicada red viaria del Estado. Preparaba los crímenes con exquisito cuidado y antes de sentirse lo bastante seguro se deshizo de parte de los restos de las víctimas en el espectacular Acantilado del Diablo. Salía con su coche casi todas las noches y recorría cientos de kilómetros a través de las carreteras. Aunque su ruta se centraba principalmente en la zona de Santa Cruz a Berkeley, a veces subía hasta el norte, cerca de la frontera con Oregón -a unos 450 kilómetros- o hacia Santa Bárbara, en dirección sur, aproximadamente a unos 320 kilómetros. Las presas de Kemper eran especialmente estudiantes, muy numerosas en la zona. A comienzos de los setenta, cuando se produjeron los crímenes, tan sólo en la Universidad de California había matriculados más de cien mil alumnos. El campus principal era el de Berkeley, pero había ocho más en todo el Estado (Davis, Irvine, Los Angeles, Riverside, San Diego, San Francisco, Santa Barbara y Santa Cruz).
Al atardecer del 14 de septiembre, Kemper circulaba por la University Avenue de Berkeley buscando estudiantes, cuando localizó a una menuda joven oriental haciendo autoestop junto a la parada del autobús. La joven se llamaba Aiko Koo e iba camino de su clase de baile en San Francisco. Tenía quince años justos, aunque parecía mayor. Kemper la confundió con una estudiante. Aiko no era una autoestopista habitual, pero había esperado en vano el autobús y temía llegar tarde a clase. No lo pensó dos veces y se metió en el coche del gigante. Empleando el mismo método que tan buen resultado le había dado con Mary Ann Pesce y Anita Luchessa, el conductor dio un rodeo por las autopistas para desorientar a la pasajera y luego bajó hacia el sur por una carretera de la costa. Cuando comprendió que no la llevaba a su destino, Aiko comenzó a gritar y a suplicar. Kemper sacó otro revólver prestado, un Magnum .357, y se lo colocó en las costillas con la mano derecha mientras conducía con la izquierda. Le aseguró que no quería hacerle daño, que estaba planeando suicidarse y que solamente quería hablar con alguien. Se dirigió hacia las montañas y aparcó el el coche. De algún modo, la convenció de que tenía que atarla y amordazarla. Ella no se resistió hasta que Kemper se dejó caer sobre ella con todo su peso y le tapó con la mano la boca y la nariz.

En enero de 1973, se hizo con una Rutgers automática del .22 con un cañón de quince centímetros. Había esperado tanto tiempo el momento de poder comprar su propia arma que apenas podía contenerse. A la caída de la tarde, salió a la caza de chicas por el campus de la Universidad de California en Santa Cruz. Rompía así una de sus normas más importantes, ya que estaba decidido a cometer los crímenes fuera de la zona cercana a su hogar. Era una noche lluviosa y las posibilidades de obtener una víctima femenina eran muchas: “Yo iba dando vueltas, serían las cinco aproximadamente. Recorrí varias veces el campus y hubiera podido recoger a tres chicas distintas, dos de ellas al mismo tiempo, pero las deseché porque había bastante gente alrededor que las vería meterse en el coche. Pero las demás circunstancias eran perfectas. Llovía de tal forma que la gente se subía en lo primero que se presentaba”. Dispuesto a renunciar, bajaba por la Avenida de la Misión, en Santa Cruz, cuando divisó a una mujer baja y rubia que hacía autoestop. Cynthia Schall, Cindy para su familia y amigos, salía de su trabajo de niñera en dirección al Cabrillo Comunity College de Santa Cruz, donde cursaba sus estudios.

En cuanto la chica subió al coche le mostró el arma. Para tranquilizarla, se la metió debajo de la pierna y le contó el mismo cuento que a Aiko Koo: quería suicidarse y necesitaba hablar con alguien. “Estaba haciendo una comedia. Le dije que no me gustaban las armas y todo eso”. Rodaron durante dos o tres horas, aproximadamente, y luego se dirigieron hacia el este por la carretera de Watsonville, girando hacia las montañas en la pequeña ciudad de Freedom. En cuanto llegaron a una carretera desierta, el asesino se detuvo. Le dijo que la iba a llevar a casa de su madre para seguir charlando y que tenía que meterla en el maletero del coche. Le dio una débil excusa: no quería que los vecinos de su madre lo vieran en compañía de una chica. Después de mucha insistencia, la pasajera aceptó y, a regañadientes, se metió apoyándose en una manta que él dobló en forma de almohada. En cuanto la vio acurrucada en el hueco, sacó la pistola. Cindy vio el gesto con el rabillo del ojo y se volvió hacia Kemper, quien sin mediar palabra apretó el gatillo. Un solo disparo y murió instantáneamente. Estaba desconcertado por la rapidez del hecho: “En los demás casos siempre había habido, ya saben, alguna reflexión. Entonces nada, absolutamente nada. Un segundo antes estaba viva y al siguiente ya no existía, y entre ambos no hubo absolutamente nada. Un ruido y el silencio, un silencio completo”.

El 20 de abril, Viernes Santo, fue a ver a su amigo del piso de Alameda y pasó unas horas en su antiguo trabajo. Sin embargo, estaba de muy mal humor cuando volvió a Aptos. Su madre estaba aún en su trabajo. Le telefoneó para decirle que ya estaba en casa y ella le advirtió que aquella noche iba a salir directamente desde la Universidad y que volvería tarde. Kemper se pasó horas bebiendo cerveza delante de la pantalla del televisor y cuando se fue a la cama, alrededor de las doce de la noche, su madre no había vuelto todavía, ni tampoco a las dos de la mañana, hora en que se levantó para saber si ya estaba en casa. Clarnell volvió a las cuatro de la mañana y en cuanto se metió en la cama, entró su hijo. Le dijo que solamente quería comprobar si había regresado. Ella le preguntó si quería que hablaran y al contestarle que no, se dio media vuelta y le dijo: “Mañana hablaremos”. Ed Kemper volvió a su cuarto contento porque no habían discutido, ya que no quería separarse de ella después de un disgusto.
Clarnell Strandberg, la madre de Kemper, poco antes de su muerte

“Había estado pensando en ello. Es bastante duro hacerlo así, en frío. Pero yo estaba decidido a hacerlo porque aquello significaba mucho para mí. Alguien que lo vea desde fuera no encontrará ningún sentido, orden ni concierto. Pero yo había hecho algunas cosas y sabía que tenía que cargar con el peso de todo lo que estaba pasando. Quería para mi madre una muerte buena, tranquila y fácil, como supongo que todo el mundo desea”, diría en sus declaraciones posteriores. Se mantuvo despierto una hora aproximadamente, hasta estar seguro de que su madre estaba dormida, y entonces volvió a la habitación; eran las 05:15 horas. Llevaba la navaja de bolsillo y un martillo. Su madre dormía sobre el lado izquierdo. Kemper, de pie a su lado, la contempló durante un par de minutos. “Se movió un poco y pensé que tal vez se estaba despertando. Esperé y vi que seguía durmiendo. Me acerqué al lado derecho”. Luego le dio un feroz martillazo en la sien. Ella no se movió; quedó allí tendida. “La sangre empezó a correr por su cara; todavía respiraba”. Kemper la puso boca arriba y le anudó un pañuelo al cuello. “Lo que era bueno para mis víctimas era bueno para mi madre”, declaró. Velozmente le cortó la cabeza con destreza. Luego arrastró el cuerpo hasta el armario.

Era de día cuando terminó de limpiar la sangre de las paredes y de la alfombra. Le sacó al cadáver la laringe y la lanzó al triturador de basura que, en un gesto poético, la devolvió al no poder triturarla. Kemper lo vio como un simbolismo: su madre nueva había dejado de usar su voz para insultarlo y agredirlo. Tomó después la cabeza de su madre y tuvo sexo con ella. También con el cuerpo decapitado. Luego la puso sobre una repisa y se puso a lanzarle dardos. Según su confesión, al mirarla se dijo: “Creo que algo anda mal conmigo”. Se sentía enfermo y mareado, y para colmo en esta ocasión el crimen no había calmado sus instintos asesinos. Tenía que salir. “No soportaba aquella casa”, diría. Metió los revólveres y las navajas en el coche y arrancó. Recorría la ciudad cuando se encontró con un amigote borracho, Robert McFadzen, que le debía diez dólares. Era una razón más que suficiente para Kemper y en el estado mental en el que se encontraba decidió matarlo. Pero, asombrosamente, la víctima le pidió perdón y le devolvió el dinero que le debía. Kemper inmediatamente compró cinco dólares de cerveza para ambos, festejando que no había tenido que ejecutar a su amigo.

De vuelta a casa, Kemper empezó a preocuparse por la explicación que daría sobre la ausencia de su madre después del fin de semana de Pascua. Pensó en decir que se había marchado con alguien y llegó a la conclusión que la débil historia resultaría más convincente si una amiga desaparecía también. Comenzó a hojear la agenda de la muerta. Llamó a Sally Hallett, una compañera de trabajo y amiga de Clarnell, pero no respondía. Kemper, nervioso, daba vueltas por la casa cuando, a las 17:30 horas, llamó a la puerta la propia señora Hallett preguntando por su madre. Kemper le contó que iba a celebrar su vuelta al trabajo después de su prolongado paro y que para ello preparaba una cena sorpresa para su madre. Sally Hallett accedió a volver a las 19:30 horas. En esas dos horas, el asesino dispuso la casa para recibir a su invitada. Cerró puertas y ventanas, se metió unas esposas en el bolsillo y dejó varias armas por la habitación al alcance de la mano.
La señora Hallett llegó a las 20:00 horas. El anfitrión le dijo que su madre se retrasaría y la acompañó al salón. Según Kemper, ella se dirigió inmediatamente hacia el sofá mientras comentaba: “Sentémonos. Estoy muerta”. Kemper lo interpretó como una señal del destino para entrar en acción. Se situó frente a ella, la golpeó en el pecho y en el estómago, y, asiéndola con todas sus fuerzas, la levantó del suelo. Ella pendía de él, tirándole del brazo inútilmente; después se quedó inmóvil. Kemper le había roto la tráquea impidiéndole la respiración. La tendió en el suelo, le envolvió la cabeza con bolsas de papel y le apretó el cuello con una cuerda y un pañuelo hasta estar seguro de su muerte. La acostó en su propia cama y después de taparla se fue al bar Jury Room a tomarse un trago con los policías. Estuvo sentado un rato aparentemente tranquilo, aunque algo distraído, saboreando una cerveza y escuchando abiertamente hablar a los policías con otras personas sobre las estudiantes que había matado.
Al volver a su casa, cortó la cabeza de la señora Hallett y luego se quedó profundamente dormido en la cama de su madre. Sabía que estaba perdido. Cuando mataba a personas desconocidas en carreteras desiertas se sentía relativamente seguro, pero ahora no encontraba salida. Lo único que podía hacer era escapar. Lo primero que hizo por la mañana fue meter el cuerpo de la víctima en el armario de su cuarto y guardar las armas en el coche de la muerta. No tenía pensado ningún plan, pero no desechaba la idea de culminar su obra con una orgía de violencia. A las diez de la mañana estaba dispuesto.
La casa de la madre de Kemper

Dejó una nota para lo policía que decía: “Serán las 05:15. Sábado. Ella ya no tiene necesidad de seguir sufriendo a manos de este horrible ‘carnicero asesino’. Ha sido rápido –dormida–, como lo había planeado. No soy un chapucero que deja las cosas incompletas, señores. Es sólo falta de tiempo. ¡Tengo cosas que hacer!”. Se dirigió hacia el este, por las Sierras. Cuando llegó a Reno trasladó las armas a un coche alquilado y dejó el de la señora Hallett en un taller con el pretexto de que tenía una avería de electricidad. Siguió conduciendo siempre hacia el este, sobre las Montañas Rocosas. Rodaba sin parar alimentándose de bebidas gaseosas y de pastillas No-Doz con cafeína. Iba oyendo las noticias de la radio y temía, por un lado, que le persiguieran, pero a la vez se sentía defraudado al comprobar que no se hablaba de él.


Continuó así hasta el lunes 23 de abril. Antes de la medianoche se detuvo en una cabina telefónica de Pueblo, Colorado, a 2,400 kilómetros de Santa Cruz. Marcó el número de teléfono de esa ciudad e inmediatamente reconoció la voz de su interlocutor, Andy Crain, uno de los policías uniformados que frecuentaba el bar Jury Room. Ed Kemper pidió que le pusieran en comunicación con Charles Scherer, encargado de la investigación criminal. Le dijeron que éste no entraba de servicio hasta las nueve de la mañana, pero el asesino insistió en que le avisaran. Crain, creyendo que hablaba con un excéntrico desocupado, bromeó con él durante unos minutos, hasta que el interlocutor se identificó, llamándolo además por su nombre de pila. Aún escéptico, Andy accedió a ponerle en contacto con Charles Scherer.
Cuando volvió a llamar a la 01:00 horas, le contestó otro policía, el cual le dijo que Charles Scherer no estaba y colgó bruscamente. Kemper se sentó en el coche tratando de dormir. Excitado por la cafeína y la falta de sueño, sentía crecer en su interior el ansia de sacar las armas y disparar hasta que lo mataran de un tiro. El único problema era afrontar su propia muerte. Le aterraba la violencia; una de las razones que le llevó a llamar desde una cabina era que si se producía un enfrentamiento con los policías, éstos dispararían primero y preguntarían después. A las cinco de la mañana llamó de nuevo. Ahora había otro agente a la escucha. La comunicación era defectuosa y Kemper tuvo que vociferar un par de veces “asesinato de una estudiante”, hasta que lo tomaron en serio. Les confesó quién era, la matrícula de su coche y que había matado a unas ocho personas. El policía, el agente Conner, dijo que enviaría a alguien a buscarle. Kemper replicó: “Y yo me cago en usted. Llevo en la cajuela doscientos cartuchos y varias pistolas, y no quiero ni acercarme a ellos”.

La caseta telefónica desde la cual se comunicó Kemper

Conner intentaba entretenerle en el teléfono, pero Kemper le dio la dirección de la casa de su madre y le aconsejó que mandara al sargento Mike Aluffi para registrarla. Este había estado allí pocas semanas antes haciendo unas preguntas rutinarias sobre uno de los impresos que Ed Kemper había rellenado al solicitar el permiso de armas. Siguieron hablando un rato, durante el cual Conner se convenció de que su interlocutor decía la verdad y de que estaba al borde de una nueva explosión de violencia. Kemper no podía comprender el retraso de la policía de Colorado. Por fin llegaron: Kemper interrumpió su explicación sobre los lugares donde había ocultado los cuerpos y exclamó: “Ya están aquí. ¡Vaya! Me están clavando un revólver”.

El día en que se entregó Kemper, a última hora, un grupo se desplazó en avión desde Santa Cruz a Colorado. Estaba formado por el sargento Aluffi, que había estado en la casa de Aptos y descubrió los cadáveres, el teniente Scherer y Peter Chang, fiscal del distrito. Encontraron al detenido deseoso de hablar. Renunció a sus derechos legales y comenzó a grabar su confesión. No había en ella vacilaciones, reticencias o incoherencias. Una vez en Santa Cruz, la repitió aún más extensamente. Alardeaba de su memoria y sus dotes de observación. Era su triunfo definitivo y se complacía en él, disfrutando de la sensación de hacer palidecer a policías curtidos.
El arresto de Ed Kemper

El día en que se entregó Kemper, a última hora, un grupo se desplazó en avión desde Santa Cruz a Colorado. Estaba formado por el sargento Aluffi, que había estado en la casa de Aptos y descubrió los cadáveres, el teniente Scherer y Peter Chang, fiscal del distrito. Encontraron al detenido deseoso de hablar. Renunció a sus derechos legales y comenzó a grabar su confesión. No había en ella vacilaciones, reticencias o incoherencias. Una vez en Santa Cruz, la repitió aún más extensamente. Alardeaba de su memoria y sus dotes de observación. Era su triunfo definitivo y se complacía en él, disfrutando de la sensación de hacer palidecer a policías curtidos.
El cadáver de la madre de Kemper, hallado por la policía

Habló sobre las seis jóvenes que había matado y sobre algunas más a las que, aunque subieron al coche, dejó sanas y salvas en sus destinos, porque notaba que algo no iba bien, no estaba de humor, no tuvo oportunidad de sacar el arma o simplemente se sintió conmovido por algo. Explicó a la policía dónde podía encontrar los cadáveres y acompañó a los agentes cuando volvieron a California En estas expediciones les seguía una manada de periodistas, pero a veces el acusado insistía en que se marcharan antes de indicar los lugares exactos a los detectives. Según la policía, colaboró en todo lo que pudo y aceptó someterse al detector de mentiras, aunque no se hacía ilusiones sobre lo que estaba ocurriendo e insistía en que “todo este proceso no es más que la manera de decidir el método que va a emplear la sociedad para deshacerse de mí. Y yo, por supuesto, si fuera la sociedad, no confiaría en mí".


La mayoría de los psiquiatras estuvo de acuerdo en que las muertes de las seis chicas y, por supuesto la de la abuela, se debieron a que Kemper estaba preparando el terreno para asesinar a su madre, que le había encerrado y que, según él, era culpable de la ausencia de su padre. Sin embargo, su muerte no le produjo sensación de catarsis o sentimientos de satisfacción personal; simplemente le causó una profunda depresión. En los asesinatos había un aspecto sociológico tanto como psicológico. Kemper trataba siempre de elegir víctimas de clase media acaudalada: “Yo intentaba herir a la sociedad donde más le doliera y eso era buscando futuros miembros de la sociedad burguesa: de clase alta o de clase media alta. Se pavoneaban por delante de mis narices porque podían hacer todas las malditas cosas que les vinieran en gana”.
Años después, Robert K. Ressler, ex agente del FBI e investigador, quien acuñó el término de “asesinos seriales” y desarrolló un sistema para crear perfiles de criminales, realizó una entrevista con Kemper en la prisión. Incluida en su libro Asesinos en serie, Ressler narra así la tenebrosa experiencia: “Estaba terminando mi tercera entrevista con Edmund Kemper, un hombre enorme que medía dos metros y cinco centímetros, pesaba casi 136 kilos, era extremadamente inteligente, había matado a sus abuelos durante su infancia, había pasado cuatro años en reformatorios y, al salir, había matado a ocho personas más, entre ellas, su madre. Le habían caído siete cadenas perpetuas consecutivas. Había ido a entrevistarle a la prisión de Vacaville, California, en dos ocasiones más, la primera con John Conway y la segunda con Conway y mi colega en Quantico, John Douglas, al que estaba introduciendo en este campo. Durante la entrevista profundizamos bastante en el pasado de Kemper, sus motivaciones para matar y las fantasías relacionadas con los asesinatos. Era un hombre de gran complejidad intelectual que no sólo había matado a sus víctimas, sino que también las había decapitado y descuartizado. Nadie jamás había hablado con él de la forma en que nosotros lo habíamos hecho, ni con tanta profundidad. Yo estaba tan contento con la buena relación que había logrado con Kemper que me decidí a tener una tercera sesión con él, a solas. La conversación tuvo lugar en una celda justo fuera del corredor de la muerte, la clase de celda que se emplea para dar la última bendición a un preso que está a punto de morir en la cámara de gas. Aunque Kemper no estaba aislado de la población reclusa general, éste era el lugar que las autoridades habían elegido para nuestra entrevista. Tras conversar con Kemper en esta celda cerrada y claustrofóbica durante cuatro horas, tocando temas relacionados con las conductas más depravadas, consideré que habíamos llegado al final y pulsé el botón para avisar al guardia que me dejara salir.

“No apareció nadie, así que seguí con la conversación. La mayoría de los asesinos en serie son personas solitarias pero, aun así, les gusta todo lo que alivie el aburrimiento de la cárcel, como mis visitas. Piensan en muchas cosas y, cuando tienen delante a un buen entrevistador, tienden a hablar. También es bastante fácil prolongar las conversaciones con ellos. Sin embargo, Kemper y yo ya habíamos llegado al término de nuestra entrevista y, después de unos minutos más, pulsé el botón por segunda vez, todavía sin respuesta. Quince minutos después de la primera vez, pulsé el botón por tercera vez y nadie vino. Debió de pasar una expresión de miedo por mi cara, a pesar de mis intentos por mantener la calma y la frialdad, y Kemper, muy sensible a la psique de los demás (como la mayoría de asesinos), la detectó. ‘Tranquilo. Están cambiando de turno y dando la comida a los que están en las zonas de seguridad’. Sonrió y se puso de pie, acentuando su tamaño enorme. ‘Puede que tarden quince o veinte minutos en venir por ti’.
“Aunque creía mantener una actitud de calma y tranquilidad, estoy seguro de que esa información provocó señales de pánico más claras en mí y Kemper reaccionó ante ellas. Me dijo: ‘Si ahora se me cruzaran los cables, ¿no te parece que lo pasarías mal? Te podría arrancar la cabeza y ponerla sobre la mesa para que el guardia la viera al entrar’.

“Le dije: ‘Ed, no me digas que crees que vendría aquí sin tener algún modo de defenderme’. Contestó: ‘No me jodas, Ressler. Aquí no te dejarían entrar con armas’. Kemper tenía razón, por supuesto. Los visitantes no pueden llevar armas dentro de las cárceles por temor a que los reclusos las cojan y las empleen para amenazar a los guardias o escaparse. No obstante, señalé que los agentes del FBI disfrutaban de algunos privilegios especiales que los guardias normales, policías y otras personas que entraban en una cárcel no tenían.
“‘Entonces, ¿qué tienes?’
“‘No voy a revelar lo que pueda tener o dónde lo pueda llevar’.
“‘Venga, venga. ¿Qué es? ¿Una pluma con veneno?’
“‘Quizá, pero también hay más tipos de armas’.
“Entonces Kemper se puso a pensar. ‘Artes marciales, pues. ¿Karate? ¿Eres cinta negra? ¿Crees que podrías conmigo?’

“Con eso, pareció que la situación había cambiado un poco, si no se había invertido del todo. Había un matiz casi de cachondeo en su voz; eso deseaba yo, al menos. Pero no estaba seguro y Kemper comprendió que yo no estaba seguro e intentó seguir desconcertándome. Sin embargo, para entonces ya me había serenado un poco y pensé en mis técnicas de negociación de rehenes, la más importante de las cuales es que hay que seguir hablando y hablando y hablando, porque ganar tiempo siempre parece calmar los ánimos. Hablamos un rato sobre las artes marciales, que muchos presos aprenden para poder defenderse en el duro entorno penitenciario, hasta que finalmente apareció un guardia y abrió la puerta.

















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